Llovía en el camino, con los vidrios empañados el bus era constante en su movimiento, yo sólo dormía, un rayo de sol rebotó en mi cara para que abriera los ojos y me diera cuenta que había llegado, ya en la calle el sol calentaba nuestros hombros y caminamos cargadas, pero con una sonrisa.
La liebre ya llegaba lentamente a la plaza cuando divisamos una mano alegre que nos saludaba desde la puerta. Ya no corrimos como antes, dejamos que los pasos alargaran el tiempo en que la miramos esperándonos en los escalones, añorando el abrazo de ese saludo.
Abundante almuerzo, risas fuertes, el lavado de la loza... y luego, el emperifollamiento para su fiesta: ... el abrigo blanco?... no, el abrigo negro.
Caminamos cerro abajo: Niñas, me dejan aquí en la puerta y regresan 9:30 a 10:00, no será tan peligroso a la vuelta...
Ya en la casa, esperamos pacientes, revisando fotos añejas e imaginando el color de esa fiesta de encuentro, con tacones más lentos que en los tiempos de antes, pero con los mismos abrigos, los mismos bailes, con esa alegría pálida, verdosa y colorada por el color de los labios de las señoras.
Y a las 10:00 estábamos en la puerta dispuestas a traerla de vuelta, una sonrisa nos abrió la puerta diciendo: "Vengan a ver bailar a su abuela", la encontramos en el centro de la pista haciendo temblar sus zapatos en un tango, con mano en el pecho y la otra en su amado imaginario, a la vista de otros señores más cansados. Al llegar nosotras más señoras se entusiasmaron, invitándonos a participar de su alegría y orgullosas de hacernos saber lo bien que lo pasaban bailamos tangos, cuecas y cumbias, riendo con copa en mano y coreando sus recuerdos.
Unidas a ellos compartimos hasta media madrugada, y acarreadas luego por la vieja amiga del auto, llegamos comentando lo tarde que se había hecho, corroborando que ya no es la niña de los 50'... lo cual no es del todo malo.
12.12.07
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